*Por Fernando Adolfo Iglesias
Desbocado gasto público, creciente déficit fiscal, provincias en rojo, paralización de las inversiones productivas, dolarización de portafolios, fuga de capitales, inflación alta y en aumento, imposibilidad de afrontar la deuda pública según el esquema delineado hace pocos meses, agotamiento de las cajas estatales capaces de prolongar artificialmente la fiesta: la Argentina se enfrenta nuevamente a un escenario que le es bien conocido. Sólo la situación internacional, complicada para los países centrales, pero extraordinariamente favorable para los emergentes, separa a 2010 de 1989 y 2001. Basta recalcular nuestras exportaciones con los precios internacionales de aquellas épocas para comprender lo que nos sucedería si no gozáramos de los beneficios de la siempre despreciada globalización.
No está de más repasar cómo se ha venido a parar aquí después de cinco años de crecimiento chino empujado por el viento de cola, ni extrañarse por un gobierno que se escandaliza por tener que pagar 14% en los mercados internacionales después de haberle abonado 16% al amigo Chávez, ni recordar que aquel dinero fue utilizado para cancelar por adelantado una deuda de 10.000 millones de dólares con el FMI que estaba colocada a menos del 5% anual y cuyos recursos nos vendrían muy bien hoy, o mencionar que la famosa "reestructuración con quita de la deuda" (léase: el formidable pagadiós de más de 60.000 millones de dólares que el kirchnerismo les endilgó a los bonistas hace apenas cuatro años) acaso tenga algo que ver con las tasas de interés que hoy tiene que pagar la Argentina en el mercado mundial. Tampoco sobra señalar la ausencia absoluta de un plan económico, el costosísimo atropello a las instituciones y la desorientación de un gobierno que un día propone a Blejer y al día siguiente designa a Marcó del Pont.
Que las cuentas terminen por ajustarse por la guillotina o por la horca es secundario respecto del hecho de que el ciclo fiesta-crisis-estallido parece estar convirtiéndose en un destino nacional. Después de todo, el péndulo tanto puede llevar un hacha en su extremo como tirar de la soga de la que estamos colgados por el cuello: el 13% de descuento en los salarios y jubilaciones de la Alianza no fue peor que el 40% de inflación con salarios congelados del piloto de tormentas que la siguió. Sin embargo, mientras se prepara el gran debate sobre si la puesta en caja de la economía y la demolición de los salarios argentinos se harán mediante el método "neoliberal" del ajuste o el método "progresista" de la inflación, parece necesario contextualizar este nuevo fracaso en el marco histórico que lo contiene: el de la puja pendular entre un "liberalismo" acríticamente globalista y ajustista que destruyó al Estado para agrandar la Nación, y un "progresismo" proteccionista, populista, industrialista y mercadointernista que destruyó el sector privado y el funcionamiento de los mercados con la excusa de agrandarla. Destrucción sobre destrucción: he aquí el saldo del movimiento pendular del populismo y el elitismo argentinos, pálidos remedos de las fuerzas -la socialdemocracia y el liberalismo- que en lugares más afortunados del mundo han logrado conciliar modernidad y desarrollo con bienestar y justicia social.
No habrá salida del callejón argentino si quienes se dicen progresistas y de izquierda siguen creyendo que todo lo negativo que sucede en este país proviene de las demoníacas fuerzas de "la derecha", ignorando los fracasos sistemáticos del nacionalismo populista disfrazado de izquierda, que han llevado al país a buscar la solución en el otro extremo del péndulo neopopulista-neoliberal.
Videla y Martínez de Hoz no surgieron de un repollo, sino del fracaso espantoso de un gobierno que pasó del distribucionismo del Plan Gelbard al estallido regresivo del Rodrigazo. Tampoco Menem, Cavallo y la convertibilidad salieron de una galera, sino de los errores de un gobierno elogiable en muchos aspectos políticos, pero cuyo modelo estatista, mercadointernista, industrialista y devaluador llevó directamente a la crisis energética, el gasto desbocado, la desinversión generalizada, la fuga de capitales y la hiperinflación. Como nada hemos aprendido los argentinos de la historia, excepto a encontrar en las atrocidades del pasado buenas justificaciones para las actuales, aquí estamos de nuevo hoy.
*Diputado nacional por la Coalición Cívica.
Fuente: La Nación 18/02/2010