El esperado cambio en la política argentina

Por Daniel Pecheny

Las crisis, los fracasos de sucesivos gobiernos, la pérdida de credibilidad en la política, el maltrato a la ciudadanía por parte aquellos en quienes ha delegado el poder temporariamente pero que intentan perpetuarse en él, hacen que desde el ciudadano común se reclame un cambio.

Y quienes pretenden obtener el voto muchas veces se proponen como portadores de ese cambio. Algunos, que se apoyan en las mismas estructuras corporativas, promueven sólo un cambio cosmético. Otros, proponen un cambio más profundo pero se sienten en desventaja ante la falta de apoyo que en la Argentina siempre tuvo el poder político, y que hasta los que dijeron en su momento “que se vayan todos”, temen que el cambio deje al país sin gobernabilidad. Ven al cambio como una posible fuente de inestabilidad. Aunque los ciclos alternativos de bonanza y crisis, muchas veces traumáticos, que parecen ser parte de esa gobernabilidad, hayan producido más daño a lo largo de los años que el cambio tan temido hacia un país menos corrupto, más transparente, con menos pobreza y donde funcione la República.
En Estados Unidos, el lema del presidente Obama en su campaña fue, precisamente, el cambio. No un cambio en las políticas de estado sobre las cuales todos están de acuerdo, ni un giro de 180 grados en políticas en las que su presidente seguramente actuaría distinto de ser otro el contexto y la situación heredada, que hace imposible un cambio repentino. No una revancha de algunos sectores contra otros, sino una mayor apertura, un discurso más franco, una actitud más abierta al diálogo, una planificación más serena, una preocupación por hacer lo éticamente correcto. Eso es, por lo menos lo que aparentan las intenciones, se verá luego si los hechos concuerdan con ellas. Pero por las intenciones se empieza, y marcan un rumbo.
Pero ¿Es tan fácil para un dirigente o espacio político cambiar el rumbo histórico? La apariencia diría que sí, pero muchas veces el liderazgo sólo capta la necesidad del cambio más que atraer u orientar la voluntad popular. Sabe ubicarse en la corriente de lo que la sociedad está pidiendo, y navegar en ella para llevar a cabo sus reclamos. En 2003 Elisa Carrió habló ya de las apetencias hegemónicas de Kirchner. Cuando se presentó la Coalición Cívica en 2007, hizo referencia a las continuas agresiones y maltratos del gobierno a los distintos sectores, entre ellos el campo, y en la campaña presidencial la Coalición presentó el plan para el sector agropecuario, un año antes del conflicto del Gobierno con el campo.

La gran porción de la sociedad que durante los primeros años del gobierno de Kirchner lo apoyó, quizás por la recuperación económica después de la terrible crisis que lo precedió, de a poco se fue cansando de la falta de interés por cumplir o siquiera advertir las asignaturas pendientes, como el crimen, la pobreza, la corrupción, la conflictividad social, se fue irritando por el maltrato de la falta de diálogo, la intolerancia, la burla a la ley y la democracia, los enfrentamientos y el cinismo gubernamentales, hasta llegar al hartazgo que produjo los resultados del 28 de junio y el descenso brutal de la popularidad de la pareja presidencial.
Fue natural, entonces, que en ese tiempo hasta la asunción de la nueva Cámara de Diputados, a pesar – o a causa de – los manotazos de ahogado de Néstor Kirchner, para conservar por todos los medios el poder perdido en las urnas, el 10 de diciembre encontrara a la oposición unida por el espanto que el ex presidente Kirchner se ganó en la sociedad. Y la oposición, más allá de lo que pueda deparar el 2011 en el que seguramente habrá diferentes propuestas para el Poder Ejecutivo –y bienvenido sea-, actuó en esta ocasión histórica, con altura, no confrontando sino reclamando los derechos representativos ganados en la elección, coincidiendo en que las cosas – por primera vez en mucho tiempo – se hagan de acuerdo a las normas democráticas, no cerrando al diálogo con el oficialismo, y comenzando a lograr consensos para el cambio. Consensos que es de esperar que se logren en el Congreso y que sienten las bases para que el gobierno que será electo en 2011 se desenvuelva en un marco de respeto a las instituciones.