La familia del siglo XXI

La familia del siglo XXI

* Por Fernando Iglesias

Los modos destemplados de la polémica sobre el matrimonio homosexual y el evidente intento de aprovechamiento electoral del tema por parte de un oficialismo que no se ocupó del tema durante seis largos años han oscurecido un debate fundamental para el futuro de nuestras sociedades: el de los modos posibles y legales de conformación de la familia del Siglo XXI.

El escenario, hay que decirlo, es sorprendente: el matrimonio tal como lo conocemos se torna progresivamente una antigualla para los heterosexuales, son las otrora revolucionarias comunidades de sexualidad diferenciada las que disputan no sólo por los derechos sino por la palabra, repudiada una vez sus antecesores como parte de una cosmovisión jurásica de las relaciones humanas. Pero aún más curiosa es la posición de los defensores del país industrial, cuyo modelo social prototípico, la familia nuclear, cuestionan, y por muy buenas razones. Fue esta familia nuclear, papa-mamá y dos hijos, surgida hace pocos siglos como patrón social destinado a reemplazar la familia ampliada y multigeneracional típica de la era agraria, cuyas funciones simultáneas de reproducción y crianza y de unidad productiva adaptada a las necesidades del trabajo rural habían sido sobrepasadas por el auge de las modernidades industrial-nacionales. Fue este modelo, precisamente, el que –apenas instalado- estalló durante la segunda mitad del Siglo XX debido a causas tecnológicas (píldora anticonceptiva), sociales (incorporación de la mujer al trabajo asalariado) y políticas (ley de divorcio) causalmente retroalimentadas.
Fue así que se instaló en todo el mundo el tema que hoy está en discusión en nuestro país sólo parcialmente: un concepto de familia –y no sólo de matrimonio- que guarde relación con la situación realmente existente en la sociedad global de la información y el conocimiento, que lejos de agudizar la tendencia a la uniformización masiva típica de la producción industrial y de la sociedad en ella basada, ha traído una explosión de diversidad que no puede ignorar nadie que observe la sociedad argentina: familias monoparentales, ampliadas de facto, sumadas ex-post, con hijos secuenciales y padres homosexuales, y un largo etcétera.
Nada de esto puede detener el congelamiento de una legislación que intente seguir desconociendo los dos fundamentos básicos de toda sociedad moderna: la igualdad de derechos y la diversidad social y cultural. ¿Qué queda, por lo tanto? Queda cada vez más claro lo ilegítimo de la intromisión del estado en cuestiones sexuales que sólo atañen a los individuos, y se hacen evidentes los verdaderos lazos que unen a una familia, y que no son los de la consanguinidad, ni los de la procreación, ni los de la sexualidad ni, mucho menos, los de un tipo particular de preferencia sexual sino los del afecto, el amor y la decisión común de compartir lo mejor y lo peor de la vida.
Si esto es así, y así es, las nuevas y cambiantes formas que están asumiendo las relaciones humanas merecen que la legislación reconozca a todos los ciudadanos la más absoluta libertad en la decisión de formar una familia con la única exigencia de la responsabilidad en el caso de que la formación familiar incluya la crianza de niños. Lo que supone, desde luego, la exclusión de las preferencias sexuales de los adultos que consensuadamemente decidan unir sus vidas y, además, implica –a más largo plazo- la separación completa de la sexualidad del tema familiar, ya que resulta absurdo que –digamos- dos mujeres de sesenta años no puedan formar una familia a menos que mantengan sexo entre ellas.
Es todo esto de lo que no se habló y no se habla. Y de lo que hay que empezar a hablar apenas pase la tormenta, con más énfasis en la construcción de una sociedad diversa y pluralista, con más respeto por los sentimientos de todos (la obsesión caprichosa por la palabra matrimonio del oficialismo y algunos sectores LGBT puso en riesgo el aspecto central de la igualdad de derechos) y con menos entusiasmo por la descalificación y el aprovechamiento electoral de cuestiones que requieren consenso y políticas de estado. Todo lo cual es altamente improbable cuando se autoproclaman progresistas quienes añoran volver a la Argentina de mediados del siglo pasado, cuando se pretende estar a favor de la ecología y superar la familia nuclear pero se propone un modelo de país industrialista, y cuando se ejerce el poder desde una alianza con los sectores más corruptos de la política, el sindicalismo y la economía pero se posa de vanguardia de los derechos de las minorías con preferencias sexuales diferentes.

* Diputado Nacional

Fuente: www.fernandoiglesias.blogspot.com