
* Por Sergio Núñez
Un día, hace muchos años, un libro -Sergio, de Manuel Mujica Lainez- me ayudó a entender algunas cosas que me pasaban, me asustaban y no lograba comprender, pero no pude compartirlo con nadie.
Otro día, una escena de una película -Expreso de Medianoche- también me ayudó a entender que no era el único al que le pasaban esas cosas, pero tampoco tuve con quien charlarlo. Otro día, ojeando el diario, leí la palabra “amoral” y sentí que era prudente callar.
Pero los días pasaron y el silencio empezó a pesarme. Hasta que una noche no pude más y una amiga fue la primera en saberlo. No me equivoqué en la elección, porque me abrió su corazón. Sólo que su desconocimiento hizo que terminara en un consultorio donde escuché que eso se “curaba” tomando unas pastillas. No fue la única vez, aunque por suerte, siempre logré escapar a tiempo.
Varios años después, cuando estaba empezando a vivir como quería vivir, tuve que meter mis cosas en un bolso y mandarme a mudar, porque hay palabras y reprimendas que duelen mucho y no se deben tolerar.
Luego, cuando todo parecía encausarse, como muchos saben, me notificaron algo que en ese momento era casi una condena a muerte. Fue difícil, pero con el tiempo y no poca ayuda pude levantarme y volver a caminar.
Antenoche, la madrugada del 15 de julio, mientras veía el debate en el Senado, estos y otros recuerdos volvieron del pasado. De un pasado con el que estoy absolutamente en paz. Porque no guardo rencores -quienes alguna vez me lastimaron supieron sanar esas heridas con creces- y porque a pesar de otros contratiempos más recientes, acá estoy; reinventándome, como cada tanto.
Nunca entendí muy bien porqué la gente se casa y, lógicamente, no pienso hacerlo, pero me alegra que a otros los haga felices. Para ser sincero, nunca encajé mucho con la colectividad y, en este caso, tuve mis reparos con el uso de la palabra “matrimonio” por una cuestión semántica -trabajo con la palabra, sepan entender-, pero gente que sabe más que yo me hizo entender que las palabras cambian con el tiempo. Así y todo, no me gustó que se hiciera de ella un botin de guerra, ni que en ciertos casos se colara la mala política para cambiar algunas voluntades. Detesto la “viveza criolla”, me juegue en contra o a favor.
Pero más allá de estas cosas, a las 4.06 de la madrugada, cuando vi gente abrazarse y celebrar, comprendí que no sólo estaban festejando la sanción de una ley, sino una suerte de reparación. No casualmente decidí escribir lo que acaban de leer. Ellos y yo compartimos las vicisitudes propias de todo aquel que, por escuchar lo que le indica el corazón, se animó a no ser lo que los demás esperaban de uno. Por más alto que fuera el costo.
Antenoche, definitivamente, las cuentas empezaron a cerrar.
* Periodista & escritor