Por Tina Bouciguez
No soy abogada, ni política; soy uno de esos millones de argentinos anónimos con escaso o nulo conocimiento de leyes, que hemos vivido y educado a nuestros hijos simplemente desde el sentido común. Y mal no nos fue.
Será quizá por mi simpleza que no alcance a entender algunas cosas: si un maestro se va de una escuela, no se lleva a los alumnos; si un cura se aleja de su iglesia, no se lleva a sus fieles; si un dirigente se cambia de club, no arrastra a los socios, etc. ¿Por qué? Porque la Institución trasciende las personas que, circunstancialmente, las representan. Porque esos alumnos, devotos, fanáticos y pollitos varios, no son un harén perteneciente al representante de turno.
Eso es lo que más o menos funciona para las áreas de los ciudadanos comunes y corrientes.
Pero…, pero como en tantas cosas, el universo político se maneja con leyes que están más allá de órbita de la razón.
Cuando yo voto, elijo una “mirada del mundo” (por resumirlo de alguna manera): un partido político. Yo no elijo al sr. XX por él, porque XX por sí mismo, no representa nada. Él “es”, en función de las ideas que encarna, que son las ideas en las que él cree y yo creo. Si XX no cree más en lo que yo creo, puede irse donde quiera: LO QUE NO PUEDE ES LLEVARME CON ÉL ¡PORQUE NO ME LO PREGUNTÓ!
Sr. Diputado, con el respeto que merece su investidura ¡respete ud. también la investidura! que no es su propiedad privada sino de quienes se la “prestamos” para que hable en nuestro nombre.