Los períodicos, los noticieros, los “ultimo momento” de los medios de comunicación, en general, nos saturan con informaciones de secuestros, muertes, abusos, robos, accidentes.
Nos asombramos, hablamos de ello, seguimos con atención las novedades y repeticiones incontables de detalles penosos que luego naturalizamos, los hacemos “moneda corriente” ya no es un ser humano que murió víctima de un accidente, es un número más en las estadísticas.
Los detalles de crueldad creciente lejos de sensibilizarnos nos insensibilizan, demandamos crónicas, ¿que más? y ¿cómo?..., y desde luego nos ofertan más sangre, dolor y lágrimas que vemos como lejanas, ajenas.
Las víctimas en la pantalla televisiva piden justicia y que no le pase a otro, como en un ritual que se sabe inútil o al menos poco eficaz.
Así en el transcurso del día vivimos infinidad de situaciones que designamos con el nombre de “ violencia”, “abuso” o “maltrato”, visible e invisible.
La violencia se puede evidenciar en todas las interrelaciones humanas y es el resultado de toda forma de imponerse una persona a otra, por la fuerza física, el manejo riesgoso, el uso de armas, la impotencia del secuestro.
También se expresa de manera más oculta, en el acoso psíquico o moral, por acción u omisión con el fin de obtener algo, mintiendo, presionando, obligando a realizar o impedir un acto que el otro no quiere consentir, produciéndole miedo, daños, aún hasta la muerte.
LO VISIBLE
Curiosamente en la vida cotidiana al hablar de violencia las personas nos referimos predominantemente a los comportamientos repetidos, persistentes de los miembros de una familia en los que se destacan modalidades de agresión física, verbal, sexual, o psíquica, de alguno de sus miembros sobre uno o varios otros, produciendo lesiones y daños sobre ellos o sus bienes.
Las expresiones de golpes, roturas, agresiones concretas, son las primeras imágenes que representan a la violencia en el imaginario social.
Son menos considerados o tenidos en cuenta, los padecimientos emocionales de la convivencia en un clima de hostilidad, el menosprecio, el maltrato desde la indiferencia, el abandono, aún el abuso y otras conductas que intencionadamente procuran hacer daño o perjuicio.
Esta misma observación la podemos extender sobre los hechos colectivos, las características comunes con la que se la describe la violencia es en “los actos concretos”, objetivos, tantos heridos, tantas muertes, tantos accidentes, y el cómo, un arma, un cuchillo, u otras, abundando en detalles, en lo que se puede visibilizar.
Se pospone considerar la violencia del maltrato social, laboral, económico, que puede representar salarios en negro, extensas jornadas, falta de seguridad social, educación, transportes riesgosos, discursos engañosos.
LO INVISIBLE
En otras ocasiones frente a hechos que no son materiales, que no podemos precisar, nos sentimos afectados, lastimados, enojados, rechazados, sufrimos de malestar y no sabemos porque, no podemos identificar la causa porque “no se ve”.
No hay destrucción visible, ni golpe, ni rotura, pero si indiferencia, descalificación, desvalorización en las palabras o acciones, omisión, humillación, expresiones variadas que invisibilizan el maltrato padecido.
Ignorar, negar, desconsiderar, poner al otro en el no lugar, si no se lo ve, no esta, no existe, es una de las mayores violencias sobre el sujeto, así como las repetidas predicciones de “no va a poder”, limitan, cercenan, impotentizan lentamente al sujeto que víctima de la violencia no sabe como salir de ella.
Se acepta, por ejemplo que los niños o los ancianos, o discapacitados o los denominados excluidos del sistema económico, sufran discriminación , violencia , se los considera grupos vulnerables y menos importantes.
VICTIMAS Y VICTIMARIOS
Podemos reaccionar con sentimientos de enojo, de dolor, ira, con críticas, protestas, a menudo con resignación, aún ante hechos aberrantes como abusos, muertes de niños, porque nos sentimos impotentes.
Si bien no se puede desconsiderar que en las ocasiones de violencia psíquica o moral la victima cercada es desacreditada en su defensa como si fuera la culpable de iniciar una confrontación.
Otras veces damos respuestas intentando una defensa o venganza con cualquier acción posible desde el revanchismo, la vergüenza, el miedo y sentimientos de todo tipo que priman sobre toda reflexión o contención. Respondemos con violencia a la violencia.
Debemos aceptar que la violencia no esta solamente fuera de nosotros, sino que “yo puedo también ser un victimario”, cuando respondo con violencia aunque considere que mis respuestas son solo la reacción razonable frente al daño recibido, “hay que matarlo”, “tendrían que cortarlo a pedacitos”, etc.
NATURALIZACION E INSENSIBILIZACION
Todos tendemos a naturalizar, a construir permisividades sociales, como que el hombre sea infiel, que pueda dar una golpiza a su mujer, a sus hijos, el castigo por mano propia, las agresiones entre niños o jóvenes, los secuestros, los abusos de persona –sexuales- laborales-sociales-, el incremento de delitos por alcohol y drogas, entre otros.
Como agravante, casi diariamente los medios de comunicación repiten amplificando los hechos de violencia, relatan detalles escabrosos de sujetos agonizantes y de extremos dramáticos, tornando al espectador en alguien pasivo que frente a lo que ve en TV, en la calle, en la plaza, en la cancha entiende que “todo es así”, haciendo natural lo que no es.
Otra consecuencia es la insensibilización, cada vez se necesita mas sangre más dolor, niños abandonados, adolescentes desvalidos, hombres y mujeres vulnerados en su dignidad, derechos y ciudadanía. La repetición y recorte de esas situaciones sociales habilitan al juego de más violencia, a mayor crueldad.
Nosotros también somos parte, por ejemplo al encubrir maltratos, violencias de cualquier tipo por resguardar nuestra propia imagen o de la institución a la que pertenecemos, ¿no nos ponen en el orden de la complicidad?
CONCLUSIONES
Si reflexionamos podemos ver como en las sociedades, en nuestro medio social, en la cultura, se juegan estructuras de dominación de unos sobre otros, como hemos señalado visibles e invisibles, El asunto es darse en cuenta, sino ciertamente el maltrato recibido a partir de lo vivido en la sociedad, en los ámbitos de relaciones próximas laborales, escolares, en la calle, en el transporte, etc. se repite en otros ámbitos, especialmente el familiar.
La ausencia de principios morales y espirituales, la desacreditación de valores y la ausencia de amor en las relaciones sociales son evidentes. La indiferencia y falta de cuidado del otro son reglas. Pero debemos recordar que los valores y la paz no son abstractos, deben trasmitirse en conductas concretas.
Poner palabra, revisar y aceptar que todos podemos ser victimas o resultar victimarios nos hará reveer patrones culturales violentos que repetimos cuando juzgamos, opinamos, rotulamos. Construimos violencias desde nuestros estereotipos, etiquetas, que caratulan y condenan desde el prejuicio inadvertidamente. Solemos ser jueces y proponemos “castigos ejemplares”, respondemos con violencia a la violencia, en lugar de proponernos otras respuestas posibles. Solo con el reconocimiento previo de nuestra propia violencia dejaremos de sostener el doloroso circulo vicioso de estas situaciones dramáticas.
La palabra ordena, la actitud dialogal permite construir de otra cosa, la reflexión genera las oportunidades de hacer, poder, ignoradas por quién es sometido al maltrato, sentirse amado, criatura creada con libertad, creada para buenas obras permite la transformación de uno y otro en la relación de violencia.
La violencia siempre es un problema, nunca una solución, el final siempre es dramático, perdemos todos, debemos comprender pero no justificar, sino prevenir.
Hay que comenzar.
La Dra. Zaida Azás es psicoanalista, doctora en Servicio Social y profesora universitaria.
Es coordinadora de la Mesa Interreligiosa de la Coalición Cívica.
Fue honrada con el premio al Día de la Mujer 2009.
El presente artículo fue publicado en el periódico "El Puente".