
* Por Federico Pinedo
Sr. Presidente (Fellner).- Tiene la palabra el señor diputado por Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Sr. Pinedo.- Señor presidente: en estos pocos minutos voy a agradecer la posibilidad que Dios nos ha dado de poder ser argentinos.
Federico Pinedo El 27 de mayo a las 19:25 Denunciar
Sr. Presidente (Fellner).- Tiene la palabra el señor diputado por Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Sr. Pinedo.- Señor presidente: en estos pocos minutos voy a agradecer la posibilidad que Dios nos ha dado de poder ser argentinos.
Hay maneras de ver la historia. La historia somos nosotros. Hay maneras de vernos.
Es muy difícil vernos a nosotros mismos como seres absolutamente buenos, impolutos y perfectos, y es muy doloroso e injusto vernos como seres perversos y degradados.
Maquiavelo decía que nadie es completamente bueno ni completamente malo, y con esas herramientas, con ese barro, hemos construido una Patria gloriosa.
En lugar de hablar de las cosas malas y dolorosas que nos pasaron, en lugar de hablar de las luchas, de las batallas, de las muertes y de los abusos, en unos pocos minutos me voy a dedicar a recordar y a homenajear lo bueno que tiene la Argentina.
Lo bueno que tiene la Argentina es ese extraordinario sentido de grandeza que tuvieron nuestros padres fundadores y quienes los siguieron. De la nada inventaron una de las primeras naciones de la Tierra, tal como querían hacerlo, y como creo que lo lograron.
Cuando había que integrar nuestro país, educar a nuestro pueblo y generar progreso existían distintas maneras de pararse frente a la vida. Había algunos que creían -y que creen que la vida es un eterno retorno, con lo cual lo que podemos hacer es dar círculos y quedar siempre en el mismo lugar.
Y había otros, que fueron nuestros padres, que tenían esa extraordinaria idea del pensamiento judeocristiano, es decir, que la historia no es circular sino lineal, que se progresa de un punto a otro que es mejor.
Esa es la historia de la Argentina, que es de un optimismo increíble. Es la historia de una audacia increíble, de haber apostado a lo más difícil: a la libertad, porque está llena de riesgos.
Cuando pensamos en nuestros hijos, cuando son chicos, y nos preocupamos por saber qué van a hacer de sus vidas nos llenamos de miedo por los peligros que los acechan, por los errores que pueden cometer, por el daño que van a sufrir y por los dolores. Sin embargo, al final hay que apostar a la libertad.
La libertad tiene algo extraordinario ya que la capacidad de transformación que tiene el ser humano es difícilmente imaginable. Las cosas que los hombres han hecho actuando en libertad con las reglas sociales que la permiten, que son las del Estado de derecho, son absolutamente impensables o excepcionales.
Sr. Presidente (Fellner).- Tiene la palabra el señor diputado por Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Sr. Pinedo.- Señor presidente: en estos pocos minutos voy a agradecer la posibilidad que Dios nos ha dado de poder ser argentinos.
Hay maneras de ver la historia. La historia somos nosotros. Hay maneras de vernos.
Es muy difícil vernos a nosotros mismos como seres absolutamente buenos, impolutos y perfectos, y es muy doloroso e injusto vernos como seres perversos y degradados.
Maquiavelo decía que nadie es completamente bueno ni completamente malo, y con esas herramientas, con ese barro, hemos construido una Patria gloriosa.
En lugar de hablar de las cosas malas y dolorosas que nos pasaron, en lugar de hablar de las luchas, de las batallas, de las muertes y de los abusos, en unos pocos minutos me voy a dedicar a recordar y a homenajear lo bueno que tiene la Argentina.
Lo bueno que tiene la Argentina es ese extraordinario sentido de grandeza que tuvieron nuestros padres fundadores y quienes los siguieron. De la nada inventaron una de las primeras naciones de la Tierra, tal como querían hacerlo, y como creo que lo lograron.
Cuando había que integrar nuestro país, educar a nuestro pueblo y generar progreso existían distintas maneras de pararse frente a la vida. Había algunos que creían -y que creen que la vida es un eterno retorno, con lo cual lo que podemos hacer es dar círculos y quedar siempre en el mismo lugar.
Y había otros, que fueron nuestros padres, que tenían esa extraordinaria idea del pensamiento judeocristiano, es decir, que la historia no es circular sino lineal, que se progresa de un punto a otro que es mejor.
Esa es la historia de la Argentina, que es de un optimismo increíble. Es la historia de una audacia increíble, de haber apostado a lo más difícil: a la libertad, porque está llena de riesgos.
Cuando pensamos en nuestros hijos, cuando son chicos, y nos preocupamos por saber qué van a hacer de sus vidas nos llenamos de miedo por los peligros que los acechan, por los errores que pueden cometer, por el daño que van a sufrir y por los dolores. Sin embargo, al final hay que apostar a la libertad.
La libertad tiene algo extraordinario ya que la capacidad de transformación que tiene el ser humano es difícilmente imaginable. Las cosas que los hombres han hecho actuando en libertad con las reglas sociales que la permiten, que son las del Estado de derecho, son absolutamente impensables o excepcionales.
Por supuesto que cuando uno asume tanto riesgo como para inventar un país contra las principales potencias del mundo -que eran las de Europa-, llamar a poblar la Argentina a extranjeros -que duplicaron a la población nativa-, pensar que solamente apostando a la educación pública de calidad se podía generar una nacionalidad argentina integrada entre todas las personas que en ese momento vivían en nuestro país, y afrontar el increíble desafío de construir infraestructura en miles y miles de kilómetros, generar riquezas y abrir puertos y vías de comunicación confiando en que íbamos a ser una de las primeras naciones de la tierra, y haberlo logrado, requiere también un sostén social muy importante, que es el del Estado. Ante grandes riesgos tiene que haber una fuerte presencia de la comunidad organizada -como dirían los justicialistas- o de la sociedad constituida en un Estado de derecho para que se garantice a todos la dignidad mínima necesaria para vivir con las mismas oportunidades que los demás.
Ello requiere mucho esfuerzo, mucha inversión y mucho corazón. Requiere la pasión de Sarmiento que mencionaba la doctora Carrió. Y eso también se hizo en la Argentina.
Quiero recordar al viejo Saavedra, un gran olvidado de este Bicentenario, quien se fugó de su patria, fue perseguido por los gobiernos posteriores y murió en la pobreza más absoluta.
Quiero recordar a quienes lograron la unidad territorial y política de la Argentina, desde campos opuestos, como Rosas, o como sus adversarios, que después construyeron la unidad nacional.
Sr. Presidente (Fellner).- Tiene la palabra el señor diputado por Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Sr. Pinedo.- Señor presidente: en estos pocos minutos voy a agradecer la posibilidad que Dios nos ha dado de poder ser argentinos.
Hay maneras de ver la historia. La historia somos nosotros. Hay maneras de vernos.
Es muy difícil vernos a nosotros mismos como seres absolutamente buenos, impolutos y perfectos, y es muy doloroso e injusto vernos como seres perversos y degradados.
Maquiavelo decía que nadie es completamente bueno ni completamente malo, y con esas herramientas, con ese barro, hemos construido una Patria gloriosa.
En lugar de hablar de las cosas malas y dolorosas que nos pasaron, en lugar de hablar de las luchas, de las batallas, de las muertes y de los abusos, en unos pocos minutos me voy a dedicar a recordar y a homenajear lo bueno que tiene la Argentina.
Lo bueno que tiene la Argentina es ese extraordinario sentido de grandeza que tuvieron nuestros padres fundadores y quienes los siguieron. De la nada inventaron una de las primeras naciones de la Tierra, tal como querían hacerlo, y como creo que lo lograron.
Cuando había que integrar nuestro país, educar a nuestro pueblo y generar progreso existían distintas maneras de pararse frente a la vida. Había algunos que creían -y que creen que la vida es un eterno retorno, con lo cual lo que podemos hacer es dar círculos y quedar siempre en el mismo lugar.
Y había otros, que fueron nuestros padres, que tenían esa extraordinaria idea del pensamiento judeocristiano, es decir, que la historia no es circular sino lineal, que se progresa de un punto a otro que es mejor.
Esa es la historia de la Argentina, que es de un optimismo increíble. Es la historia de una audacia increíble, de haber apostado a lo más difícil: a la libertad, porque está llena de riesgos.
Cuando pensamos en nuestros hijos, cuando son chicos, y nos preocupamos por saber qué van a hacer de sus vidas nos llenamos de miedo por los peligros que los acechan, por los errores que pueden cometer, por el daño que van a sufrir y por los dolores. Sin embargo, al final hay que apostar a la libertad.
La libertad tiene algo extraordinario ya que la capacidad de transformación que tiene el ser humano es difícilmente imaginable. Las cosas que los hombres han hecho actuando en libertad con las reglas sociales que la permiten, que son las del Estado de derecho, son absolutamente impensables o excepcionales.
Por supuesto que cuando uno asume tanto riesgo como para inventar un país contra las principales potencias del mundo -que eran las de Europa-, llamar a poblar la Argentina a extranjeros -que duplicaron a la población nativa-, pensar que solamente apostando a la educación pública de calidad se podía generar una nacionalidad argentina integrada entre todas las personas que en ese momento vivían en nuestro país, y afrontar el increíble desafío de construir infraestructura en miles y miles de kilómetros, generar riquezas y abrir puertos y vías de comunicación confiando en que íbamos a ser una de las primeras naciones de la tierra, y haberlo logrado, requiere también un sostén social muy importante, que es el del Estado. Ante grandes riesgos tiene que haber una fuerte presencia de la comunidad organizada -como dirían los justicialistas- o de la sociedad constituida en un Estado de derecho para que se garantice a todos la dignidad mínima necesaria para vivir con las mismas oportunidades que los demás.
Ello requiere mucho esfuerzo, mucha inversión y mucho corazón. Requiere la pasión de Sarmiento que mencionaba la doctora Carrió. Y eso también se hizo en la Argentina.
Quiero recordar al viejo Saavedra, un gran olvidado de este Bicentenario, quien se fugó de su patria, fue perseguido por los gobiernos posteriores y murió en la pobreza más absoluta.
Quiero recordar a quienes lograron la unidad territorial y política de la Argentina, desde campos opuestos, como Rosas, o como sus adversarios, que después construyeron la unidad nacional.
Quiero recordar a Urquiza entrando a Buenos Aires con el poncho de los federales y la galera de los unitarios para unir a la Nación.
Quiero recordar a Carlos Pellegrini peleando en este Congreso por el voto universal y por la construcción de sociedades de trabajadores para que pudieran negociar en igualdad de condiciones la distribución de la riqueza.
Quiero recordar a los que trabajaron por la integración social de la Argentina, como Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón.
Quiero recordar al desarrollista Frondizi poniendo todas las fuerzas de la producción en el mismo sentido que reclamaba el señor diputado Aguad.
Quiero recordar a los que padecieron, pero también a los que recuperaron la democracia y a los que pusieron los derechos humanos como base ineludible e inclaudicable de nuestra convivencia futura.
Quiero que dejemos de tener nostalgia del pasado, de un lado y del otro, para tener nostalgia del futuro.
El próximo centenario tiene que volver a ser el de la audacia, el de la grandeza, el de asumir el riesgo y el de confiar en la libertad. (Aplausos.)
* Diputado Nacional